Hoy, sin embargo, el Viejo Continente ha dado un paso histórico al alcanzar un acuerdo para regular las Nuevas Técnicas Genómicas (NGTs). Y no es exagerado afirmarlo: hablamos de uno de los hitos legislativos más relevantes para el futuro de la agricultura europea de las últimas décadas.
Como periodista especializada en el sector hortofrutícola, me alegro de la madurez de esta decisión. Por fin, la biotecnología vegetal deja de ser vista como una amenaza y se empieza a reconocer como lo que realmente es: una herramienta imprescindible para la resiliencia, competitividad y sostenibilidad del campo europeo.
La climatología extrema, la aparición de nuevas plagas y enfermedades, la pérdida de rendimiento y la necesidad de reducir fitosanitarios son desafíos que están ya sobre la mesa de agricultores y obtentores. Las NGTs permiten afrontar estos problemas con rapidez, precisión y seguridad científica.
Gracias a técnicas como CRISPR, hoy es posible reducir la susceptibilidad a hongos, obtener cítricos resistentes o frutales tolerantes a bacteriosis. No estamos hablando de ciencia futurista, sino de soluciones reales que ya existen en el laboratorio y que ahora podrán llegar al mercado europeo con un marco regulatorio claro.
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Entidades como ANOVE y Euroseeds, subrayan que esta norma sitúa a Europa en la senda de una verdadera soberanía alimentaria, con variedades que respondan a las necesidades reales del campo y del consumidor: más resilientes, productivas, nutritivas y con mejor conservación, contribuyendo también a la reducción del desperdicio alimentario.
Hoy Europa no solo regula: avanza. Y eso, en nuestro sector, merece ser celebrado.
No obstante, conviene mantener cierto rigor crítico. El texto incluye elementos que exigirán estudio, evaluación de costes y previsión administrativa.

































































































