Lo he visto, como muchos, con mis propios ojos. Tres días después de la riada pululé por el barro como una zombi y lloré para mis adentros. Estaba tan herida que ni siquiera sentía si era ético o no hacer fotografías de lo que veía.
La tragedia se había cebado en un territorio de más de 800.000 personas, en el tejido urbano y en polígonos industriales (la DANA dio más fuerte donde más los había).
Y cómo no, con tantos frentes que atender, el campo y sus infraestructuras quedaron en segundo, tercer o cuarto plano. Lógico por otra parte. Y para centrar el discurso, porque éste es un medio hortofrutícola, al cabo de varias semanas empezaron a aparecer las primeras aproximaciones de daños por las organizaciones agrarias, las compensaciones de Agroseguro, las ayudas del Ministerio y de la Generalitat y los sucesivos nuevos recuentos conforme se accedía a las fincas. Había que valorar el desastre en infraestructuras, riegos y caminos. Daños que perdurarán no en ésta, sino en futuras cosechas, sin contar con los problemas de sanidad vegetal que se deriven.
Confieso que en el tema de ayudas me he perdido y no puedo darle al lector la cifra exacta, porque hasta en esto hay rifirrafe. Mazón, por ejemplo, anunció seis veces las mismas ayudas de 20 millones para reparar caminos agrícolas. Lo que sí está claro es que no son suficientes y no están llegando a tiempo.
Si la Comunidad Valenciana lideraba el ranking de abandono de tierras, ahora, tras el paso de la DANA, habrá que volver a hacer cálculos futuros de estas estimaciones. Y el panorama pinta desolador.
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Más allá de articular relatos políticos de alejamientos de responsabilidades, los ciudadanos vivimos con la desconfianza de quienes nos gobiernan. Primero Mazón, segundo Sánchez y tercero la retahíla de gobiernos, que ahora tú, ahora yo, dejaron sin hacer una infraestructura como la del barranco del Poyo, que hubiera minimizado los daños. Era una obra, que por su coste-beneficio no resultaba adecuada para la ministra Ribera, ahora vicepresidenta primera europea para la Transición Libre, Justa y Competitiva.
Reconstruir un tercio de la ciudad de Valencia resultará más barato que haber actuado en el barranco del Poyo. ¡Seguro que sí! Sin contar que se han perdido 222 vidas, 4 desaparecidos, y mucho dolor que tardará años en cicatrizar.































































































