Los aumentos en los precios del petróleo, el gas y los fertilizantes, sumados a los cuellos de botella en el transporte, nos han llevado en seis años, y por tercera vez consecutiva, (Covid, Ucrania e Irán) a un alza en los precios de los alimentos.
El impacto es evidente en las economías desarrolladas, donde la inflación sigue marcando el pulso del consumo; pero aún es más preocupante en las poblaciones más vulnerables de los países pobres, donde la escalada de precios pone en riesgo la seguridad alimentaria de millones de personas.
El sector agroalimentario español ha demostrado en reiteradas ocasiones su resiliencia. Sin embargo, esa capacidad de adaptación no es ilimitada. Asumir los costes por cada uno de los elementos de la cadena resultará una ardua tarea, pero no hay segunda opción. El resultado final se verá en el lineal y en el consumo, donde no olvidemos, el ‘driver’ precio sigue dominando la cesta de la compra.
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La Asociación empresarial de fruta de Cataluña, Afrucat, ha sido una de las primeras en dar la voz de alarma: el incremento de costes generará que la fruta de hueso sea entre un 15% y un 20% más cara este verano. Actualmente, los costes ya reflejan incrementos cercanos al 10% en campo y a otro 10% en los procesos de confección.
La fruta de hueso lleva años sufriendo en su consumo porque le hacen pupa el melón y la sandía en el contexto precio, y este año no será distinto, pero con el agravante de que también melón y sandía tendrán mayores precios.
Y lo peor de todo, nadie tiene idea si con esta guerra volveremos a la casilla de salida, porque incluso desde el Fondo Monetario Internacional se advierte que, con Ormuz abierto, cerrado o con peajes, nada volverá a ser como antes.
































































































