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Silvia de Juanes, voluntad de hierro

Silvia de Juanes tiene 42 años y es madre de dos niñas, Isabel y Carlota. Nos recibe en la estación de Atocha con puntualidad germánica. Desde allí nos dirigimos hacia su casa, en la ‘última calle de Madrid’, muy cercana al colegio alemán, al que asisten sus hijas.
Silvia de Juanes

No me podía imaginar que me encontraba ante una bióloga molecular con un posgrado en la Universidad de Heidelberg (Alemania), sobre todo, cuando sin tapujos, me dijo que era disléxica.

Aunque tiene un primer apellido muy español, sus raíces maternas son alemanas. Supongo que su lengua también lo es

Supone mal porque mi madre nunca nos habló en alemán. De hecho, en casa se hablaba en inglés porque mis padres vivieron muchos años en Sudáfrica y mi hermano nació allí. Cuando regresaron, mi hermano no hablaba español y a ambos nos enviaron al colegio británico. La verdad es que yo empecé a estudiar alemán cuando estaba en tercero de BUP. He pasado seis años en Alemania y mi marido es alemán; así que ahora es la lengua que hablamos en familia.

¿Qué le llevo a Heidelberg?

Primero, la calidad de su Universidad y el prestigio de todos los centros científicos que allí se encuentran y, segundo, en la familia existía una deuda familiar con esa ciudad porque mi abuelo, por parte materna, aprobó las oposiciones a juez en esa ciudad, pero nunca pudo ejercer porque era judío. Yo indagué en los archivos y encontré su documentación.

¿En busca de sus raíces maternas?

Creo que sí. Supongo que es algo que sucede cuando eres consciente de que tus raíces han desaparecido y miras atrás y no tienes familia, ni siquiera recuerdos. Mis abuelos eran judíos, pero por casualidad estaban de vacaciones en España poco antes de estallar la guerra. Como la situación se estaba poniendo peligrosa en Alemania, mis bisabuelos les avisaron por carta para que no regresaran y así lo hicieron, no volvieron. El resto de la familia, con la excepción de alguna tía de mi madre que emigró a Estados Unidos, desapareció.

Uf, que duro. Y usted se casa con un alemán

Sí conocí a mi marido en Heidelberg. De hecho, cuando me casé, mi madre, que aún conservaba viva a una tía abuela, no le quiso decir que me casaba con un alemán.

Los nietos o bisnietos de una generación marcada por la guerra no son culpables de nada. Son lecciones de la historia que no debemos olvidar.

¿Cómo aterriza una bióloga en el mundo de la comunicación y servicios feriales?

Yo nunca quise trabajar en la empresa familiar, Brifer Services. El inicio del negocio de mis padres fue en el comedor de casa y, cuando ellos estaban de viaje, yo cogía el teléfono o hablaba con los expositores. Lo viví desde niña, pero al cumplir 18 lo que me interesaba era independizarme y salir de casa. Quería hacer Bilogía Marina o Turismo y al final, no hice ni una cosa ni la otra, sino Biología Molecular y ahora llevo más de dos décadas dedicada a la Comunicación. Me tuve que preparar con un Máster en Comunicación y Marketing. Soy una persona muy curiosa y me gusta casi todo, por lo que soy muy feliz con mi trabajo.

¿Nunca se planteó ejercer de bióloga?

Después de haber hecho el doctorado en Heidelberg y especializarme en cáncer de piel en lo que en España sería un equivalente a CNIO (Centro Nacional de Investigación Oncológica), me di cuenta de que mi jefe, como investigador, se pasaba muchísimas horas leyendo y publicando. Yo debía seguir los mismos pasos y tengo las dificultades propias de una persona disléxica para hacer ese tipo de trabajo. Se me hacía cuesta arriba. Coincidió, además, con un tiempo en que mi madre enfermó y yo empecé a ayudarle de forma más seria. Así empezó todo hace más de dos décadas.

De lo que estoy segura es que tiene una voluntad de hierro porque no veo nada fácil ser Bióloga Molecular a una persona disléxica.

La dislexia es muy amplia y tiene muchas vertientes. Yo supe organizarme para estudiar, por supuesto, con más esfuerzo que el resto. Nunca estudié sola porque al tener dificultades para la lectura, lo hacía en grupo, comentando los temas y eso me ayudaba a retenerlos. Yo me apoyaba en el grupo y como soy muy buena haciendo esquemas, les devolvía el favor de esta manera.

Ya sabe que en España solemos decir que los alemanes son cuadriculados.

Ja, ja. Tengo ascendencia alemana y estoy casada con un alemán, pero mi padre es gallego. A lo mejor, por eso yo no diría que soy cuadriculada sino estructurada, que es diferente. Estructurada es ser metódica y en ese sentido lo soy. Por ejemplo, me levanto siempre a la misma hora, a las 06:40, y tengo la misma rutina de trabajo, que empieza por hacer un primer cribado de mails.

¿Cuántos días juega al pádel?

Hago deporte todos los días, lo necesito mentalmente y no me cuesta nada. Mi semana incluye tres días de pádel, uno de zumba, otro de piscina y otro de bicicleta, además de pasear 4 kilómetros a Laika, nuestra perra.

De jovencita siempre jugué al tenis y hace unos siete años que me aficioné al pádel. Estoy en un equipo de 14 veteranas en la Ciudad Deportiva Jarama, en el que disfrutamos mucho.

Hablando de bicicletas, he contado nueve en su garaje y ustedes son cuatro.

Jajaja. Sí tenemos un montón, de todas las edades y tamaños. En casa las utilizamos muy frecuentemente porque vivimos prácticamente en el campo y tenemos un carril bici que no entraña ningún peligro.

¿Es de las buenas en pádel?

No soy mala, pero no soy de las mejores. Yo soy de las expertas en el tercer tiempo porque organizo muy bien la cervecita al acabar el partido cuando vamos a otra localidad a competir.

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