





Como nuestras agendas no cuadraban, nos encontramos dos veces en el aeropuerto, una a su salida hacia Papúa Nueva Guinea y la otra, a la vuelta de Austria, esta vez por trabajo.
Llegar a Papúa Nueva Guinea le costó 29 horas, pero está más que acostumbrada a estos trajines porque su mayor placer es viajar.
Me cuenta que estuvo con una tribu que venera los cocodrilos y asistió a la ceremonia de iniciación de algunos hombres y mujeres en la edad adulta, consistente en hacerse cortes en toda la espalda que, una vez curados, representan las escamas de estos animales. Es una de las tribus más aisladas del mundo y fue descubierta en la década de los 30 del siglo pasado.
Ya conozco su último viaje de placer, pero ¿cuál fue el anterior?
Estuve haciendo trekking en Uganda para ver un santuario de gorilas muy, muy de cerca. Me causaron una fuerte impresión y son enormes, sobre todo los ‘espaldas plateadas’. Ves comportamientos muy humanos y te das cuenta de que procedemos de la misma especie.
¿Cómo viaja?
Lo he hecho de todas las maneras, sola, con una amiga, en grupos, organizándolo sobre la marcha, semi organizados, etc. Lo que siempre hago es la máxima inmersión posible en la cultura donde esté. No soy la europea clásica que a la hora de comer busca una pizzería porque no entiende la carta local o no sabe qué animal va a comer. Eso nunca. En China he comido serpiente y otros bichos que no sabía ni lo que eran.
¿Le da por comprar souvenirs en cada viaje?
Sinceramente, ahora ya no. Hace muchos años sí, ahora soy más práctica, compro siempre algo útil y artesanal y, por supuesto, bisutería. El bolso que llevo es colombiano y está hecho por mujeres. Tengo pendientes y pulseras de todo el mundo. Aunque en el último viaje me traje una mandíbula de cocodrilo, algo a lo que no le voy a dar ningún uso.
Entonces, ¿estas pulseras?
Son cada una de un lugar Bután, Gambia, Japón, Indonesia, Kenia, China, Yemen, Senegal, Papúa, Bolivia, India, Indonesia, etc. Y, por supuesto, la bandera española y otra de El Rocío.
Tendrá miles de anécdotas que contar
En Yemen una niña de la calle nos invitó a una despedida de soltera. Nos impresionó mucho ver a todas las mujeres sin velo, fumando y pasándoselo en grande. Eso sí, ni un solo hombre.
En Argelia, en un 4×4, pasamos horas y horas sin beber en el desierto y al final tuvimos que echar mano de una especie de bota de piel de cabra y beber esa agua que llevaban los autóctonos en el jeep. Aquello sabía a rayos.
En Cuzco, por la altura me desmayé, y también en La Paz (Bolivia). Un señor me dijo que para el ‘mal de altura’ hay que “comer poquito, andar despacito y dormir solita.”
Para subir a uno de los santuarios de Argelia, nos levantamos a las 4 de la mañana con un frío terrible.
Se pasará la vida vacunándose porque con los destinos que escoge…
Ya no me vacuno de nada. La primera vez que fui a la India, lo hice por la malaria, con un profiláctico que tenía unos efectos secundarios horribles, así que cerré el grifo. Y hace muchos años me vacuné contra la fiebre amarilla, pero nunca más.
¿Le han perdido la maleta muchas veces?
Para todo lo que he viajado se puede decir que no, que soy afortunada. Un par de veces solo y me la llevaron al hotel en 24 horas.
¿En Europa se siente como en casa?
Por supuesto, tres horas de avión y llegar a un país europeo, no me emociona, pero siempre te puede impresionar caminar por las calles empedradas de Bratislava, como me pasó hace unas semanas.
Habla muy bien inglés, supongo
No crea, mi padre me envió a Inglaterra y a los Estados Unidos cuando era jovencita, pero todo se va perdiendo y llegó un momento, en Inglaterra que tenía más amigos españoles que ingleses. Eso no quita que no me defienda muy bien cuando voy de viaje. Ahora bien, en el trabajo, después de una conversación, lo dejo todo por escrito.
La he visto bailar sin parar en algunos saraos de finales de feria.
Me encanta bailar y puedo con todo, desde sevillanas a pop o rock and roll, e incluso bailes africanos. Como las Navidades las paso, desde hace 20 años en Senegal, he aprendido bailes africanos.
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Una buena amiga me dijo que mis padres no me habían enfocado bien, porque lo mío era el baile y no los negocios.
¿Cómo fue su infancia?
Muy feliz, muy familiar y rodeada de mis hermanos y muchos primos. Mi padre era agrónomo y era el director de una fábrica de fermentación de tabaco. En aquella época era uno de los negocios más boyantes de Extremadura y nosotros jugábamos al escondite metiéndonos entre los agujeros centrales que tenían los fardos de hojas de tabaco.
¿Qué estudió?
Mi padre siempre tuvo claro que teníamos que ver mundo y salir de Don Benito. La opción para estudiar una carrera era Madrid. Yo hice Económicas, los tres primeros años en la Cardenal Cisneros y finalicé en la Complutense.
¿Con tanto viaje debe tener un Instagram envidiable?
¡Qué va! Soy un desastre con las redes sociales, tengo el Facebook antiguo y ni lo toco. Lo utilizaba como álbum de fotos, y ahora ni eso. Desde primer WhatsApp he tenido la misma foto, hasta el año pasado. No, no me da la vida para esto, y la verdad es que tampoco me apasiona.
¿Cómo transcurre su día a día si está en el trabajo?
Me levanto pasadas las seis y a las siete tengo clase de pilates tres días a la semana y dos voy a nadar. A partir de ese momento ya todo es trabajo. Son muchas horas, pero lo disfruto.
¿Qué música le gusta?
Los 80 me marcaron a nivel musical y me gusta mucho la música española de esa época como Golpes Bajos, Alaska y los Pegamoides y de fuera Queen, Boney M, Dire Straits.
¿Su próximo viaje?
No lo tengo pensado todavía porque entramos en campaña. Posiblemente antes de mis viajes personales, me surja alguno por trabajo.























































