Carlos Vila, el karateka tranquilo

Carlos Vila (Bembrive, Vigo) tiene 51 años y dos hijos adolescentes que acaban de volar del nido, uno hacia Nueva Zelanda y la otra hacia Madrid. Desafió a su padre, un trabajador de los astilleros de Vigo que ejercía de teniente de alcalde en esta ciudad, porque quiso dedicarse al mundo agrícola. Su progenitor, sabía de la facilidad de Carlos para las matemáticas y quería otra cosa para él. Carlos ganó la partida.
carlos vila

Recuerda una infancia feliz, en la que a los 14 años ya sabía hacer aguardiente casero y en la que las peleas con su hermano acababan cuando uno de los dos sangraba.
Hace 29 años que Carlos practica karate, una disciplina marcial que le permite canalizar sus energías porque se considera un hombre hiperactivo.
También está enganchado a los bailes de salón: rumba, pasodoble, tango, bachata y cualquier cosa que se le ponga por delante. A juzgar por lo que vimos en las fiestas del alivio no lo hace nada mal y además, incluye algún que otro `equilibrismo´ que no todo el mundo es capaz de realizar.
Vestido de karateka realizó algunas catas (como dicen en este deporte) de ataques y defensa a solas.
Perdone mi incultura con este deporte, pero desde fuera parece un tanto agresivo y la imagen que usted transmite no es precisamente ésta.
El karate no es una disciplina agresiva, es un deporte defensivo en el que se aprovecha la energía del contrario y cuya filosofía básica se basa en realizar los golpes con la misma energía que el enemigo tenga.

Después de tres décadas de práctica será usted todo un experto. ¿Cuándo lo práctica?
No lo crea. Hace trece años que soy cinturón negro primer dam, pero evidentemente todo lo que hago es de forma amateur, porque soy tímido y no me gusta participar en competiciones ni campeonatos.
Como viajo bastante, me impongo una disciplina y procuro ir a mi escuela Shotokan de Vigo los lunes, los miércoles y los viernes a las ocho, antes de ir a trabajar. Hago 50 km de ida y los mismos de vuelta para practicarlo.

¿Hace algún otro deporte?
Ahora básicamente karate y bicicleta. En mi época de universidad fui bastante bueno corriendo. Representé a mi facultad en 3.000 metros, 5.000 y medios maratones, y gané algunas competiciones. Y también jugaba al fútbol. Por eso, al entrar en el mundo laboral, con tanta agresividad a flor de piel, y acostumbrado al deporte, tuve que buscar algo que pudiera convertir toda la energía negativa diaria en sensación de bienestar, y ahí entró en juego el karate.

¿Y su afición por los bailes de salón? Me han comentado que tiene mucho ritmo.
No lo crea, quién si tiene ritmo es mi pareja. Yo me dejo llevar. La verdad es que yo disfruto mucho bailando y lo que resulta más curioso es que, por lo general, el que baila también oye música y yo rara vez la escucho.

Las virguerías que hace con su cuerpo son casi de contorsionista.
No para nada, se trata de una posición de equilibrio, que evidentemente me ha dado la práctica del karate, y de potencia en las piernas.

¿Qué recuerdos guarda de su infancia?
De todo tipo. Mi padre estuvo muy vinculado a la política y con posterioridad algunos de mis hermanos también. En casa nos proponían un tema a discutir con posicionamientos diversos y teníamos que argumentarlos como si creyéramos en ellos. Nos enseñó a razonar y a ser libres de espíritu.
Tengo un especial recuerdo de un arresto domiciliario, de mi padre cuando fue concejal de Transporte, con pareja de la guardia civil en la entrada de casa, por haber aceptado un reloj como regalo en un acto público y que salió en prensa. Imagine que tiempos corrían entonces…
Otro recuerdo era volver empapado a casa por las noches cuando estudiaba (iba y volvía andando) porque el instituto estaba a seis kilómetros de dónde yo vivía. Envolvía los libros en bolsas de plástico y corría para no mojarme. Luego, a veces, me pasaba la noche haciendo aguardiente…

¿Qué desavenencias tuvo con su padre?
Mi padre, que no procedía del mundo rural y tampoco le gustaba, conocía mi facilidad con los números y deseaba que yo me dedicará a algo de mayor provecho. Yo me empeñé en que lo único que quería era hacer una ingeniería agrícola, así que llegamos a un acuerdo: estudié BUP y COU por las noches y firmé con él un contrato por el que se desentendía de mis notas y durante tres años las firmé yo mismo. A cambio me daba 1.000 pesetas de la época por llevar las tierras de la familia por el día. Un buen día, después de tres años, me preguntó por ellas, y no tuvo más remedio que dejarme estudiar lo que yo pretendía, una ingeniería agrícola. Eso sí, al mismo tiempo cursé Dirección y Gestión de Empresas Agrícolas, porque mi padre también tenía razón en la parte de los números.

Se ha dicho siempre que Galicia es un matriarcado, ¿ha vivido usted esta situación?
Sí, era bastante común en el mundo rural o en el marítimo pero en el fondo impregnaba toda la sociedad. Lo mejor de esta situación es que nosotros valoramos mucho el esfuerzo de la mujer. En mi casa, yo me hacía la cama desde los diez años y nunca una mujer se levantó de la mesa para traer algo que faltara. Era tarea del hombre.

¿Comparte usted el tópico de la idiosincrasia gallega que dice de ustedes que nunca se sabe si suben o bajan la escalera?
Creo que es un tópico que en el mundo urbano ya ha quedado desclasificado y mucho más hoy en día con la globalización. Su origen arranca del mundo rural, de las oleadas migratorias. El gallego ha sido desconfiado, una persona indecisa por los tiempos de penuria que le tocó vivir. Yo no creo que respondo a la idiosincrasia gallega porque he viajado mucho y he visto mundo. Yo, si subo la escalera, la subo.

Le he estado oyendo hablar gallego en la comida. ¿Es su lengua materna?
Mi madre no sabía hablar castellano y no podía acompañar a mi padre a determinados actos del ayuntamiento porque estaba prohibido. En cambio, a mí me educaron en casa en castellano porque yo crecí con una dictadura ya debilitada y podía hablar gallego en la calle. A mis hermanos mayores, que lo tenían prohibido en el ámbito público, les enseñaron a hablar gallego en casa.

Siendo usted un empresario relacionado con el kiwi, supongo que no es casualidad que su hijo esté en Nueva Zelanda.
No. No lo es. Espero que lo aproveche y algún día se incorpore al negocio.

TE PODRÍA INTERESAR
  • ANECOOP: ‘El agua es vida’

  • Últimas noticias

    Newsletter fruittoday

    Cada miércoles en tu email las noticias más destacadas de la semana hortofrutícola