Biogás: la energía renovable más desconocida

Biogás

La volatilidad del precio de recursos como gas y petróleo, de los que en estos días tanto se habla a raíz de la invasión de Ucrania, pone de manifiesto que la dependencia exterior es una rémora para el desarrollo económico de Europa.

El 60% del gas que consume Alemania procede de Rusia y en el caso de Letonia, esta dependencia llega al 100%. En España, esta subordinación por el gas foráneo y se ha convertido en un verdadero reto desde noviembre de 2021, cuando se cerró el gasoducto Magreb-Europa, que nos abastecía a través de Marruecos; todo ello como consecuencia de la ruptura de relaciones entre este país y Argelia. A pesar de todo, Argelia continúa suministrando cerca del 45 % del gas que consume España a través del gasoducto Mezgaz.

España también depende de Estados Unidos y de Rusia, pero en una escala más reducida. Es por ello que, ahora más que nunca, resulta necesario recurrir a alternativas para alcanzar el autoabastecimiento energético.

Desde hace años existe una alternativa sostenible para producir energía, que ha ido creciendo poco a poco junto a la fotovoltaica y la eólica, aunque no en las mismas condiciones: se trata de la bioenergía, en concreto, del biogás.

“Es fundamental sobre todo para el autoabastecimiento energético. El biogás contribuiría a la seguridad y soberanía energética del país y sería imprescindible para el autoabastecimiento”, sostiene Paz Gómez, investigadora de AINIA.

Bernat Chulià, ingeniero químico y Director de Estudios y Análisis en Genia Global Energy, empresa valenciana referente en energías renovables, explica en este sentido que “con el biometano se podría dar entre el 15 y 20% del consumo de gas natural que hay ahora mismo tanto a nivel doméstico como industrial y eso permitiría cierta mejora del balance comercial”.

Puede parecer irreal que a partir de la pulpa de la remolacha o con las pieles de tomate se pueda hacer energía. Puede, incluso, resultar curioso que de los cerdos no solo nos sirva su carne, sino que también sus purines. De igual manera, puede sonar extraño que se reutilice la paja de cereal para solucionar problemas medioambientales. Pero no lo es, nuestros homólogos europeos ya lo están haciendo.

Dicho de manera sencilla, el biogás es una energía que se obtiene a través de los residuos orgánicos. La propia basura se convierte en materia prima de una fuente de energía renovable.

El biogás se produce así a partir de una biomasa (compuesta de estos residuos orgánicos) mediante un proceso biológico denominado digestión anaerobia, que consiste en la descomposición o degradación de la materia orgánica en ausencia de oxígeno y que genera diversos gases, ente los que figura el dióxido de carbono y el metano. Para poder aprovechar estos gases y convertirlos en energía, es necesario contar con una planta de biogás específica, que almacena los residuos en un biodigestor y en el que la materia pasa de estado sólido a gas.

Aunque pueda parecer que cualquier residuo orgánico sea apto para producir biogás, la realidad desde el punto de vista técnico y económico es que no toda la basura es ‘igual de buena’. Bernat Chulià explica que dadas las propiedades de cada residuo hay dos parámetros a  la hora de determinar su valor: el contenido en materia orgánica y la velocidad a la que esta se degrada.

‘Ranking de residuos para biogás’

Se puede hablar de un ‘ranking’ de los residuos que más interesan de cara a la producción de biogás, aunque en muchas ocasiones se mezclan entre sí en un proceso llamado co-digestión.

En el podio se encontrarían los sustratos de la industria agroalimentaria, es decir, productos perecederos que generan desechos o que no alcanzan los estándares exigidos.

La empresa Genia Global Energy tiene un acuerdo con la Asociación Española del Kaki para gestionar las 18.000 toneladas generadas en cada campaña de destrío de este fruto, que servirán para producir biogás en una nueva planta de la comarca de la Ribera. “Al ser frescos estos materiales, su porcentaje de materia orgánica es muy elevado, con lo cual son interesantes para producir biogás”, afirma Chulià.

Los estudios señalan que con 500 toneladas de pieles de patatas una planta de biogás puede producir hasta 372 MW de energía eléctrica.

En el segundo puesto se situarían los sustratos obtenidos de la ganadería, concretamente el estiércol y los purines de aves, conejos, del ganado porcino, del bovino, etc. Estos resultan interesantes por su elevado contenido en materia orgánica y que “por haber sido degradado por el sistema digestivo de los animales, el material permite producir más biogás en menor tiempo”.

La medalla de bronce sería para los residuos y los subproductos agrícolas, es decir, “lo que se produce en el campo: desechos de las cosechas, la paja, las cascarillas de cereal que eliminan para dejar el grano, una planta de tomatera, el polvo de silo… Son materiales más complejos y el tiempo de degradación es más largo”.

En cuarto lugar, se aúnan en un mismo grupo los sustratos extraídos de diferentes industrias, como la cervecera, la de la sidra o la vinícola, de la cual se extraen las pieles de uva. También entrarían los desechos producidos por la industria aceitera o incluso la glicerina que se produce en la fabricación de biodiesel, que “no se puede revalorizar en otras cosas y es una bomba a la hora de producir biogás”, según el ingeniero de Genia Global Energy.

¿Para qué sirve el biogás?

El biogás, a diferencia de otras energías renovables, es el único que puede emplearse en energía eléctrica, térmica o carburante. Así pues, puede utilizarse en calderas para producir calor, en motores y turbinas para generar electricidad o como combustible para vehículos en el transporte pesado marítimo, terrestre, aéreo e incluso espacial, sustituyendo el combustible de origen fósil.

Asimismo, el biogás puede inyectarse directamente a la red convencional de gas natural, aunque para esto último sería necesario un proceso de refinado eliminando el CO2 y consiguiendo así una mayor concentración de metano. Hablaríamos, por tanto, de biometano o biogas upgrading.

Pero, más allá de conseguir energía, de los residuos de la planta de biogás también se extrae un producto secundario: el llamado digestato. Dentro del digestor no todos los residuos llegan a fermentarse, quedando después del proceso microbiológico de digestión anaerobia una especie de papilla o fango que se puede transformar en fertilizante orgánico. Así, este biofertilizante puede utilizarse para la disminución del uso de fertilizantes sintéticos.

Paz Gómez, investigadora y project manager en el centro tecnológico AINIA, asegura que “ahora hay mucha investigación en la gestión de esos afluentes”. Sin embargo, no hay en España una norma específica que regule la aplicación de los digestatos, por lo que el desarrollo de los proyectos cuenta con un “pequeño freno”: “casi hay que trabajar más con lo que se hace después con el digerido que en el propio proceso de producción de biogás”, manifiesta Bernat Chulià.

Pero si hay algo en lo que coinciden todos los expertos es en la falta de agilidad en las tramitaciones. Óscar Bartomeu asegura que cada región funciona de diferente manera y que “la legislación no está pensada ni adaptada”.

De igual manera, Bernat Chulià explica que tramitar un proyecto en la Administración Pública es un proceso muy largo. Cuenta que han estado tres años con la tramitación de una planta de biogás en Picassent, tiempo en el que el empresario, que decidió invertir 16 millones de euros en su momento, podría haberse echado atrás, “además de que durante ese tiempo hay 120.000 toneladas de residuos que se están gestionando de otra manera, por decir que se están gestionando”.

La incoherencia reside en el hecho de que, a pesar de estas dificultades, el contexto económico y climático actual requiere más que nunca un impulso de esta energía renovable.

Chulià explica que “vamos hacia un sistema en el que la descarbonización y el autoabastecimiento a partir de energías renovables va a ser necesario” y asegura que, por ello, “el biogás es una de las tecnologías que sí o sí se van a tener que implantar, porque hay países como Francia que en tres años han pasado de tener 40 plantas de biogás a 400. No se puede parar”.

El biogás no solo reduce la emisión de gases de efecto invernadero que, de otro modo, se seguirían emitiendo directamente a la atmósfera de manera descontrolada si no se gestionaran los residuos orgánicos como el estiércol o la paja del arroz. Por esa misma razón, esta energía renovable también ofrece soluciones innovadoras y eficaces para el reciclado del estiércol y de los residuos orgánicos de manera barata y segura para el medioambiente.

Pero hay una razón de mayor peso para impulsar el biogás según los expertos.

Actualmente hay 146 instalaciones de biogás en España. Según los datos del IDAE (Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía), “comparado con el resto de Europa, donde hay cerca de 19.000 instalaciones, el biogás ha experimentado un desarrollo modesto en España”.

Según Óscar Bartomeu, el biogás en Europa es una “verdadera revolución”: “este año por ejemplo el 25% del gas de Dinamarca era renovable, se lo fabrican ellos. En España es el 0,1%… Prácticamente no hay gas renovable”.

El potencial español

España cuenta con un potencial que no tienen otros países: es el mayor productor de horticultura en Europa, el primer productor en porcino, el quinto exportador de carne del mundo. “Eso significa que tenemos una gran disponibilidad de recursos para producir biometano”, afirma Chulià, “pero a la vez tenemos el riesgo de que no seamos capaces de descubrir que es una oportunidad para los sectores industriales españoles a la hora de aumentar la competitividad frente a otras industrias de otros países como una industria descarbonizada que cuida el medio ambiente.

El mayor problema viene cuando el biogás que se produce en España se vende, mayoritariamente, fuera de la península, como a Dinamarca, Suiza, Holanda o Reino Unido. Estos países se han dado cuenta de este potencial y lo aprovechan, a diferencia de España que para cuando quiera descarbonizarse, podría ser tarde y no tener acceso a su propio gas, teniendo que volver a buscarlo fuera.

A pesar de todo ello, parece que en los últimos años el biogás ha experimentado una minirevolución y empieza a ocupar su lugar. “Nunca hemos estado tan bien, por lo menos a nivel de intenciones”, concluye Bernat.

El camino aún es largo, pero muchos ya piensan que pronto podría empezar a verse la luz al final del túnel.

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