Vicente Aguilar: El hombre discreto

Su porte elegante, unido a una cierta timidez, hace que proyecte una imagen distante, pero nada más lejos de la realidad cuando las distancias se acortan. Es una persona discreta y muy sentimental. Lo hemos visto, en más de una ocasión, con lágrimas en los ojos hablando de su familia o de su empresa.
El hombre discreto

Su porte elegante, unido a una cierta timidez, hace que proyecte una imagen distante, pero nada más lejos de la realidad cuando las distancias se acortan. Es una persona discreta y muy sentimental. Lo hemos visto, en más de una ocasión, con lágrimas en los ojos hablando de su familia o de su empresa. Sé que no le gusta alardear de nada y me cuesta convencerle para hablar de ciertos temas, sobre todo en lo relacionado con las causas sociales en las que se implica.

Es un apasionado de la mecánica. Dice que le gusta todo aquello que se mueve, principalmente maquinaria, relojes y coches. Tiene cinco vehículos impecables porque desde 1994 no ha querido vender ninguno.

Nacido en Paiporta (Valencia) hace 66 años, está casado con Toña, una reconocida ginecóloga. Siente que la fortuna le sonrió el día que Robert, su único hijo, entró en su vida. Hoy, este joven se ha convertido en el orgullo de su padre y el futuro de la empresa está asegurado.

Se siente profundamente valenciano y ejerce de ello, ya que rara vez habla castellano con aquel que es capaz de hablar su propia lengua.

¿Cómo recuerda su infancia y juventud?

Ufff. Eso está muy lejos. Yo soy un “xiquet” de pueblo y del  montón, que jugaba en la calle. Nos íbamos al barranco de Paiporta a jugar a las chapas, a churro-mediamanga-mangoentero o a la pelota, y cuando conseguíamos un balón de reglamento, era toda una fiesta.

Al salir del colegio me iba corriendo a un taller de bicicletas, en el  que también entraba alguna moto y el dueño me permitía arreglar cualquier pieza: una cadena, un pedal, etc. Las horas se me pasaban volando y siempre llegaba tarde a casa, con la consiguiente bronca de mi madre.

Mi padre era hijo de un agricultor y en los 40 montó un negocio de abonos y semillas, que derivó en el negocio de la patata. Yo, a los 15 años le dije que quería empezar a trabajar.

Por lo que veo, no sólo la empresa ha cumplido 50 años, sino usted también trabajando. Doble celebración. ¿No cree que 66 es una edad para pensar en la jubilación?

La verdad es que no lo había pensado nunca, ya que me encuentro con suficiente energía y me complace mi trabajo. Además, mi hijo sólo tiene 19 años, así que todavía tiene universidad para largo.

Pero su hijo ya ha tomado contacto con la empresa.

Robert viene a la empresa algunos días si no tiene universidad y, para que conozca en profundidad el negocio ha pasado por todas las secciones y participa en cualquier reunión.

Y esto le viene muy bien a la hora de hacer desarrollos prácticos. El otro día vino muy contento por un trabajo en el que tuvo un 8, aunque le dije que se esforzara porque tiene capacidad para el 10 y debe trabajar para conseguirlo.

Usted ejerce de valenciano permanente, entre otras cosas porque no abandona su lengua.

En Paiporta todos hablábamos valenciano, aunque en aquella época los que venían a estudiar a Valencia, adoptaban el castellano porque estaba mejor visto. Yo permanecí inamovible en mi decisión porque una lengua es riqueza.

La pasión por la mecánica le ha llevado a coleccionar coches. Explíqueme.

Como le expliqué, ya desde niño me apasionaba la mecánica. Yo   paso 2 horas cada día en el coche sólo para ir a trabajar. Disfruto mucho conduciendo ya que de cada vehículo saco lo más positivo de él y me gusta la sensación de cambiar de uno a otro.

Mantengo ciertas rutinas dentro del coche, como oír las noticias de la Cope u Onda Cero por la mañana y a medio día y por la tarde siempre pongo música.

También lleva un reloj, cuanto menos muy “mecánico”.

La mecánica de los relojes es otra de mis aficiones, por eso no me gustan los digitales.

¿Y por eso lleva este reloj de esqueleto?

Lo que me atrae de este modelo es que tanto por delante como por detrás, se puede ver el ensamblaje y el magnífico funcionamiento de las piezas.

Entonces usted tiene ventaja si tiene algún problema en las líneas.

Conozco cómo funcionan todas las máquinas de mi empresa. Ayer estuvimos con la puesta en marcha de la primera fase de renovación de maquinaria y yo estuve con los técnicos. De hecho, tengo que ir a buscar una pieza después de esta entrevista.

Hablemos de otra cosa. El otro día, en el aniversario de su empresa, vi a un hombre muy parecido a Vicente Ferrer y recordé que en las postales de Navidad que me envía aparece la colaboración de la Fundación Vicente Ferrer. ¿Es por algo?

Sí está en lo cierto. Tuve el honor de que su sobrino Jordi, que se parece muchísimo a su tío, viniera al evento para darnos la enhorabuena. Mantengo una estupenda relación con la familia.

¿Qué ha significado estar implicado en un proyecto humanitario de este tipo?

La verdad es que ir a la India y ver el trabajo que realizan te llega al alma. Nosotros hemos participado en un proyecto de transformación de tierras baldías en Anantapur. Quise conocer in situ lo que habíamos hecho y estuve con Vicente Ferrer.

Lo que tú haces por ellos, allí se multiplica por cien. Cuando subí al avión, de regreso, me prometí a mí mismo que cada año mientras pudiera colaboraría en los proyectos de la Fundación.

Pero me han comentado que usted se haya implicado en muchas causas sociales.

(Me encuentro con el hombre que no presume de lo que hace y desea ser escueto) Creo que todos aquellos a los que la vida nos ha sonreído debemos estar implicados con organizaciones o causas humanitarias. Yo me siento mejor conmigo mismo y aporta mucha tranquilidad espiritual.

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