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Sigfrido Molina: La Axarquía desde el cielo

Sigfrido me había propuesto subir a los cielos en autogiro, aparato al que le cogió el gusanillo en plena pandemia y que ahora, además de hobby, se ha convertido en su modo de transporte porque le permite ahorrar mucho tiempo en desplazamientos.
sigfrido

Nos dirigimos al aeródromo Juan Espadafor de la Costa Tropical.  Casualidad o no, las instalaciones de Sigfrido Fruit distan pocos minutos de las infraestructuras aeronáuticas.

Parte de mi entrevista transcurrió plácidamente en un ELA 10 de Sky Force sobrevolando los singulares recovecos que ofrece este tramo de la costa malagueña y adentrándonos en las estribaciones más meridionales de la cadena penibética. De forma inmediata, del pavor inicial pasé a la calma porque me supe en manos de un piloto con maestría. Volar así supone gestionar un conjunto de percepciones y sensaciones que no se conocen desde la tierra.

El empresario Sigfrido Molina nació en Alcaucín, un pueblo de unos 2.000 habitantes de la Alta Axarquía. Es un padrazo al que le encanta viajar con sus hijos para comer la mejor hamburguesa de Sevilla, llevárselos de crucero o alentarlos con actividades que les interesen.

Su empresa, Sigfrido Fruit conmemorará estos días su primera década de existencia. Es un caso, cuanto menos, digno de estudiar porque el afán emprendedor y el carácter valiente de mi entrevistado sitúan a Sigfrido como una firma reconocida y de prestigio no solo a nivel nacional y europeo, sino también fuera de nuestras fronteras, ya que actualmente está abriendo mercados en destinos como Medio Oriente y Norteamérica. Para celebrar tal efeméride prepara una fiesta en sus instalaciones y tuve la suerte de compartir parte del ‘making off’ de las acrobacias aéreas con el que esa noche deleitará a sus invitados.

Es la primera persona que conozco cuyo hobby es el autogiro. A mí se me hacía algo como muy antiguo.

Pues nada que ver, son aparatos plenamente actuales, muy prácticos y seguros. De manera muy simple, es un avión de ala rotatoria en vez de fija que, durante todas las fases del vuelo, está en estado de rotación. Siempre he sentido atracción por ellos, pero fue durante la pandemia cuando me tiré al ruedo y creo que ya no lo abandonaré.

Entonces esto no es solo un hobby, sino también una forma de transporte muy eficiente para alguien que va con prisas. Una manera de evitar controles y colas en el aeropuerto.

Efectivamente, ahora siempre que la distancia me lo permite, porque hay repostar y el depósito no es excesivo, viajo en él y me hago un Málaga-Madrid en dos horas y media o voy y vengo a Huelva en el día.

DISFRUTA DE LA SESIÓN FOTOGRÁFICA: La Axarquía desde el cielo

Pero ¿a usted esto de las alturas le viene por algo?

Sí, hice el servicio militar en la Academia Militar del Aire, me gradué como oficial y tomé mi despacho en Zaragoza. Siempre me gustó la disciplina del mundo militar y, sobre todo, la aviación.

O sea, que, ¿si no estuviera dentro del mundo del aguacate hubiera continuado en el ejército?

Posiblemente sí, pero las circunstancias en las que tuve que decidir en aquel momento, me llevaron a donde estoy ahora.

¿Cómo recuerda su infancia?

Tuve una infancia muy afortunada, viví en un mundo auténticamente rural. Soy hijo y nieto de agricultores y hasta los 18 años estuve en Alcaucín, una pequeña localidad de la Alta Axarquía. Mis recuerdos más antiguos están unidos a la voz de Elena Francis mientras trabajábamos en el campo. En el pueblo no había tiendas y recuerdo cómo llegaban los mulos con los serones cargados con cualquier encargo: desde plastilina para los niños a cacerolas para las mujeres. También venían el pescadero y el carnicero a vender una o dos veces por semana.

¿Qué tipo de vida hacía en el pueblo?

Desde niño estuve trabajando con mi padre en las tierras. Soy el mayor de tres hermanos y el sentido de la responsabilidad y el sacrificio en mi casa eran muy fuertes. Además, mi madre pasó una etapa delicada de salud y temporadas en la cama por lo que los hombres de la casa, y muy especialmente yo, por ser el mayor, nos encargábamos de las tareas domésticas.

Mi padre, en aquellas circunstancias prefería que nos quedásemos en el campo.

¿Pero no quería que estudiara?

Él lo veía de aquella manera, deseaba que su hijo estuviera allí ayudándole porque, según él, había trabajo para todos. Yo, por el contrario, anhelaba salir y estudiar fuera. Así que tuvimos que llegar a un acuerdo: me iría a Málaga a estudiar Magisterio de lunes a miércoles y el resto de la semana volvería para ayudarle en el campo. Y así lo hice. Teníamos puntos de vista diferentes sobre lo que queríamos en la vida, pero siempre nos encontrábamos en un punto en común.

Supongo que son las desavenencias típicas que cada uno de nosotros tenemos con nuestros hijos y la forma de ver la vida.

Sí, efectivamente. Aunque en este aspecto no estábamos de acuerdo siempre hemos estado muy unidos y tanto mi padre como mi madre se sienten muy orgullosos de mi trayectoria. Otra de las cosas que hice fue apuntarme a clases particulares de francés y en segundo curso, con quince años, me compré un billete juvenil y tras 35 horas y cinco cambios de trenes, llegué al norte de Francia. Quería ver mundo.

Supongo que su padre es el primero que se alegra de los triunfos conseguidos.

Tenemos una magnífica relación. De hecho, dentro de poco le daremos un reconocimiento. A pesar de las diferencias generacionales, me he sentido muy unido a mis padres y abuelos.

Para vivir en el sur de España donde se respiran tantas raíces árabes, ¿qué se les pasó a sus padres por la cabeza para ponerle un nombre tan nórdico y poco común?

Soy la segunda generación de Sigfridos. Se lo debo a mi abuelo que leyendo ‘Genoveva de Bravante’ se encaprichó del nombre y se lo puso a mi padre y mi padre a mí.

¿Y usted ha seguido la tradición?

Sí, me parece un nombre cuanto menos original. Mi hijo mayor también se llama Sigfrido. Y ahora Sigfrido es una conocida marca de aguacates. Ja, ja, ja…

Pues tiene razón, originalidad y color no le falta.

Y un Magister, monta una empresa, con todo lo que conlleva. No le hubiera rentado más ser ingeniero agrícola.

Quizá Magisterio no te da las herramientas para montar una empresa, pero sí te aporta mucha cultura general, necesaria para intentar entender la vida. A mi el Magisterio me ha dado herramientas par el trato diario con las personas, también con mis hijos, la vida es un aprendizaje contínuo.

¿Qué suponen diez años de recorrido empresarial con Sigfrido Fruit?

Supone objetivos cumplidos, uno de ellos era hacer llegar nuestra producción a los mercados directamente con una identidad propia y una excelente calidad y lo hemos conseguido. El siguiente reto es llegar a las grandes cadenas de distribución manteniendo nuestra filosofía, a la vez que desarrollamos el canal HORECA, llegando directamente a los mejores restaurantes desde el campo, y lo estamos consiguiendo también con mucho esfuerzo y dedicación. Estamos muy orgullosos del trabajo que realizamos cada día, con un equipo humano increíble.

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