Retos del sector hortofrutícola: la espiral de costes y la crisis del coste de la vida

Las empresas que exportan productos al Reino Unido estarán siguiendo con cierto nerviosismo las noticias que vienen de ese país y, sobre todo, la evolución de los indicadores económicos y sociales que desde allí nos llegan.
Miguel Flavián

Si bien el país consiguió salir rápidamente del bache de la Covid-19 y el efecto de las restricciones, ese crecimiento parece haber perdido fuerza (en realidad, en parte se debía a una cuestión sobre como se contabilizan las partidas), y ahora parece que va a ser una de las economías globales con peores pronósticos para los próximos años. Las previsiones que podemos ver adelantan que el mercado va a sufrir unos índices de inflación más elevados y durante más tiempo que el resto de economías europeas, y un crecimiento menor, incluso asomándose a la recesión.

Según la última estimación de la OCDE, el PIB del Reino Unido va a crecer un 3,6% este año para quedarse a 0 en el 2023. Igualmente negativo es el índice de la inflación, que llegará al 10% a finales de año, para quedarse en un 4,7% a finales del que viene. Si bien el crecimiento de la Eurozona no es tampoco muy prometedor, 2,6% y 1,6%, la inflación parece que va a ser menor (3,8% para el fin de este año y 4,0% para el 2023, inferiores a la previsión para el Reino Unido).

Naturalmente, frutas y hortalizas son productos básicos, y los británicos no van a dejar de consumirlas por más que las cosas vengan tan mal dadas. Sin embargo, la confianza de los consumidores va a estar por los suelos durante todo este año y el que viene y, lamentablemente tenemos que esperar que la atención al precio va a aumentar, y con ella, todas las tácticas que tengan a su disposición las empresas para mantener precios: negociaciones duras, reducciones de márgenes, ajustes de calidad, etc.

Esto deja un panorama complicado para los exportadores. Pero el panorama para los productores locales es igualmente difícil. A las tensiones globales que tienen que hacer frente ya las empresas españolas y productoras de otros lugares (encarecimiento de la energía y de muchos otros insumos como el fertilizante), las británicas tienen que lidiar además con los problemas de ajustarse a la nueva realidad del Brexit.

No es que ésto les suponga un gran problema a sus exportaciones (no son un país que considere el sector como uno de los grandes exportadores, y el propio gobierno ve oportunidades limitadas para algunos productos como las fresas y frambuesas, los espárragos y las manzanas) , pero sí que ha supuesto un problema a la hora de cubrir los puestos de trabajo necesarios para las tareas agrícolas, sobre todo las de carácter temporal. Al acabar con la libre circulación de personas la nueva política inmigratoria (más pensada para reclutar personas de alto nivel académico y con sueldos elevados) ha dejado vendido al sector, que no puede encontrar trabajadores locales para cubrir sus necesidades. A lo largo de estos dos últimos años hemos podido conocer unos cuantos casos de agricultores que no han podido cosechar por falta de personal. El gobierno estableció un sistema para dar entrada a 30.000 empleados de forma temporal para trabajar en agricultura e industria cárnica, pero fue insuficiente y este año lo han aumentado a 40.000 personas.

Automatización y robots parecen ser soluciones a largo plazo, pero para ello se necesitan soluciones tecnológicas aplicables e inversiones. Por ahora, la vida de los productores de frutas y hortalizas en el Reino Unido es ciertamente complicada, ante la presión por los precios bajos que vamos a vivir estos dos años.

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