Salgado reclama una visión global para afrontar los nuevos retos de la uva de mesa

El ingeniero agrónomo y MBA de AgroFresh Oscar Salgado aprovechó su intervención en el 11º Simposio Internacional de la Uva de Mesa, celebrado en Murcia, para plantear los grandes desafíos que afronta una industria cada vez más globalizada
OSCAR-SALGADO

Incertidumbre climática, genética, logística, geopolítica, mano de obra, regulación y aparición de nuevos orígenes dibujan un escenario en el que competir ya no será suficiente: también será necesario cooperar.

“Saber dónde competir y dónde colaborar puede definir el futuro de nuestra industria”. Con esta idea, Oscar Salgado, ingeniero agrónomo y MBA de AgroFresh, planteó en el 11º Simposio Internacional de la Uva de Mesa, celebrado en Murcia, una reflexión sobre el futuro de un sector que afronta desafíos que ya no pueden abordarse de forma aislada.

Para Salgado, la uva de mesa constituye una única industria a escala mundial, aunque esté formada por productores, empresas y mercados situados en hemisferios y realidades muy diferentes. El consumidor es común y, por tanto, también lo son buena parte de los retos que afectan a toda la cadena.

Su planteamiento parte de una idea que afecta directamente a la estrategia del sector: competir es inevitable, pero también hay ámbitos en los que resulta necesario cooperar. La investigación, el conocimiento de los mercados, la adaptación climática o la mejora de la poscosecha son algunos de los terrenos en los que, a su juicio, compartir conocimiento puede ser más útil que trabajar de manera aislada.

Un consumidor común para toda la industria

El primer punto de conexión es precisamente el consumidor. Salgado considera que todos los orígenes comparten, en buena medida, el mismo cliente y que la experiencia que este tiene con la uva de mesa termina afectando a la categoría en su conjunto.

Un consumidor que recibe una mala experiencia con la uva de un determinado origen no necesariamente separa después ese recuerdo según el país de procedencia. Para el ingeniero agrónomo, la industria debe asumir que la calidad y la condición de la fruta son una responsabilidad compartida.

Por eso sitúa al consumidor en el centro de cualquier estrategia futura. El objetivo no debe limitarse a producir más kilos, sino a conseguir una fruta que genere repetición de compra.

Incertidumbre climática y necesidad de investigación aplicada

Entre los grandes desafíos, Salgado sitúa la incertidumbre climática, que está generando situaciones de estrés abiótico y favoreciendo la aparición o el comportamiento diferente de plagas y enfermedades.

El problema, explica, es que tanto la genética disponible como determinadas prácticas agronómicas no siempre están preparadas para responder a estas nuevas condiciones.

En este punto realiza una crítica a los sistemas de investigación que, según su visión, priman en ocasiones la cantidad de publicaciones científicas frente a la aplicabilidad de los resultados. Salgado reclama una investigación más conectada con las necesidades reales de los agricultores y capaz de trasladar soluciones desde el laboratorio hasta el campo.

No se trata de cuestionar la investigación científica, sino de reforzar su utilidad práctica: desarrollar conocimiento que permita responder a problemas concretos de producción, adaptación y resiliencia.

Genética: el siguiente salto

La genética ocupa otro de los espacios centrales de su análisis. El sector ha avanzado enormemente en las últimas décadas gracias a los programas de mejora convencional, aunque Salgado considera que buena parte de ese progreso ha estado acompañado de un proceso de ensayo y error que también ha tenido costes para los productores.

La pregunta que plantea ahora es cuál será el siguiente paso y qué papel jugarán herramientas como CRISPR-Cas y la edición génica en el desarrollo de variedades capaces de responder a problemas concretos de producción.

Su planteamiento apunta especialmente a dos objetivos: conseguir materiales con mayor resistencia a enfermedades y mejorar la adaptación de las plantas a las nuevas condiciones climáticas. La cuestión, en su opinión, es cuándo estas tecnologías pasarán de constituir una posibilidad científica a convertirse en herramientas aplicables a la agricultura.

La logística también se decide fuera del campo

Otro de los grandes factores que condicionan la competitividad es la logística. Salgado advierte de que la incertidumbre geopolítica está teniendo una repercusión directa sobre los resultados de las explotaciones. Los problemas ya no comienzan ni terminan en la parcela: afectan a la llegada de insumos, a las rutas de exportación y a los tiempos de tránsito.

En su intervención puso como ejemplo los cambios en las rutas marítimas y las posibles dificultades que pueden producirse en los principales canales y pasos estratégicos. Para un producto perecedero como la uva de mesa, cualquier alteración de los tiempos de transporte puede acabar teniendo consecuencias sobre la condición de la fruta, el coste logístico y, finalmente, su comportamiento en el retail. Por ello reclama una mayor capacidad de adaptación a lo largo de toda la cadena, desde la producción hasta la postcosecha.

Una postcosecha preparada para un mundo más largo

La adaptación no termina en la recolección. Salgado considera que Europa necesita avanzar en un cambio cultural en la gestión de la precosecha y postcosecha, aprovechando conocimientos, infraestructuras y principios técnicos que ya existen, pero aplicándolos con una visión más orientada a la resiliencia de la cadena.

La uva de mesa necesita mantener su condición durante trayectos cada vez más complejos y competir con fruta procedente de orígenes situados a miles de kilómetros. Por eso la conservación, la logística y el manejo postcosecha adquieren una importancia creciente.

Mano de obra y futuro rural

La mano de obra constituye otro de los grandes desafíos. Salgado recuerda que la uva de mesa se encuentra entre los cultivos frutales con mayores necesidades de trabajo y que su importancia va mucho más allá de la propia explotación.

La actividad genera empleo y mantiene tejido económico en zonas rurales. Por ello reclama que las decisiones institucionales tengan en cuenta también esta dimensión socioeconómica.

La continuidad de la agricultura señala, está directamente relacionada con la capacidad de mantener vivas las comunidades rurales. Sin agricultores no hay agricultura y, en consecuencia, tampoco producción de alimentos.

Ciencia y regulación deben avanzar al mismo ritmo

Esta cuestión lleva al profesional hacia otro de sus grandes argumentos: la relación entre ciencia y regulación. El ingeniero agrónomo se pregunta si la legislación está avanzando al mismo ritmo que el conocimiento científico y si el marco regulatorio europeo está siendo capaz de responder a la velocidad a la que aparecen nuevas tecnologías y nuevos desafíos productivos.

La distancia entre las decisiones regulatorias y la realidad del campo es, a su juicio, una cuestión que el sector debe abordar. En particular, considera necesario reforzar la investigación sobre estrés abiótico, adaptación climática y resistencia a enfermedades y acompasar estas herramientas con los marcos regulatorios.

Desde esta perspectiva, defiende que la agricultura debe ser considerada un sector estratégico, no solo desde el discurso político, sino también a través de la ciencia, la regulación y las políticas públicas.

Más información para tomar mejores decisiones

Una de las propuestas más concretas de Salgado pasa por mejorar la información disponible sobre producción y mercados.

Durante su intervención planteó la posibilidad de crear un sistema global de investigación, inteligencia de mercado y análisis comparativo entre hemisferios y zonas productoras. Su idea, denominada “Table Grape 360”, busca disponer de una visión más completa y dinámica de lo que ocurre en los diferentes orígenes.

El objetivo sería contar con información suficientemente actualizada para conocer qué se está plantando, qué se está cosechando, qué volúmenes están entrando en los mercados y cómo evolucionan las distintas campañas.

Salgado considera que disponer de estadísticas dinámicas permitiría a técnicos y comerciales tomar mejores decisiones y evitar situaciones en las que productores, operadores y distribución trabajan con estimaciones incompletas o desfasadas.

Nuevos orígenes, nueva competencia

La transformación del mapa mundial de la uva de mesa es otra de las cuestiones que considera inevitables.

China, tradicionalmente identificada como gran productor, se ha convertido también en un actor exportador relevante y ya compite con Perú. Y no será el último origen en incorporarse al mercado internacional. Salgado cita países como Uzbekistán, Kazajistán, Turquía y Afganistán, además de señalar la rápida reconversión varietal que está experimentando India.

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Para el ingeniero agrónomo, esta competencia no puede evitarse mediante un cierre de los mercados. Los nuevos orígenes llegarán y la industria deberá aprender a convivir con ellos elevando los estándares de calidad, condición y consistencia.

En paralelo, Europa necesita poder competir en igualdad de condiciones. España, Italia, Grecia y Portugal, señala, no necesitan necesariamente una mayor protección, sino disponer de capacidad real para competir.

Su propuesta pasa por mercados abiertos, pero con reglas que permitan competir a todos los operadores bajo unas condiciones claras.

Producir la uva que el consumidor quiera volver a comprar

La intervención de Salgado terminó regresando al punto de partida: el consumidor.

En un mercado cada vez más global, producir más kilos dejará de ser suficiente. La uva tendrá que responder a las expectativas de quien la compra y, al mismo tiempo, generar valor para todos los eslabones de la cadena.

Su conclusión resume buena parte de la reflexión desarrollada durante su intervención:

“Nuestro reto ya no es simplemente producir más uva, sino producir la uva que los consumidores quieran volver a comprar”.

Ese cambio de enfoque implica pasar de una estrategia basada exclusivamente en volumen a otra en la que calidad, condición, consistencia, innovación, información y capacidad de adaptación se convierten en elementos determinantes.

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