Alfonso Sáenz de Cámara, en el pueblo

Alfonso es un hombre de verbo fácil, una persona concisa y austera, de principios solidarios de los que no presume.
Alfonso Udapa

Confiesa que, tras más de 30 años en un piso de 95 metros cuadrados en Vitoria, todavía no se ha acomodado y las paredes se le vienen encima.

Con toda probabilidad, emerge en él ese niño que se crió en un mundo rural, con el verde y las peñas como único horizonte.  Por ello, ha hecho de su segunda residencia, casi la primera.

Su vivienda, en el pueblo de Maestu, le reconforta con todo lo que anhela en la ciudad. También su huerto familiar.

En realidad, mi entrevistado no nació en Maestu, sino en Aberásturi en 1963, un municipio cercano a la capital alavesa, de poco más de 100 habitantes. Maestu es el pueblo de su mujer, pero lo considera como propio.

Alfonso es un hombre de verbo fácil, una persona concisa y austera, de principios solidarios de los que no presume. Padre de dos hijos adolescentes, hace años se abrió una cuenta en Instagram para seguir su devenir. Ahora ya ni la ve, porque han crecido.

Como es preceptivo en casi todos los vascos, a Alfonso Saénz de Cámara, le gusta el contacto con la naturaleza. Caminamos por una vía verde, que antaño fue recorrido del tren vasco-navarro que unía Vergara con Estella, cerca de la periferia del Parque Natural de Izki. Antes, las primeras fotografías, las hicimos en el Santuario de Estíbaliz, rememorando otros tiempos.

¿Por qué hemos venido al Santuario de Nuestra Señora Estíbaliz?

Porque para los que somos de aquí representa muchos recuerdos felices. La gente de los pueblos cercanos solía venir los lunes de Pascua. Nos dispersábamos por los alrededores y comíamos, cantábamos y jugábamos. Y también existe otro motivo, quería enseñarle que Estíbaliz es un legado románico muy importante, y más cuando parece probable que la benefactora de esta joya arquitectónica fuera una mujer. ¡Imagine esto en la época medieval!

Qué interesante que afloren este tipo de investigaciones. Pero además de este recuerdo, ¿qué otros tiene de niño?

Yo me crie en un caserío. Mis padres se dedicaban a la tierra, con algo de ganado y una explotación agrícola familiar. A los 8 años ya conducía el tractor de mi padre. Es más, mi hermano mayor y yo, lo poníamos a dos ruedas cuando venía mi madre, que se ponía a gritarnos del miedo que pasaba. Visto hoy, es una absoluta temeridad.

Otro de mis recuerdos más gratos fue la escuela. Se conocía como escuela unitaria porque asistían niños de todas las edades. Yo estudié un año más de lo estipulado.

¿Qué quiere decir?

Mi abuela acompañó a mi hermano en su primer día de escuela y yo fui con ellos. Mi hermano no quería quedarse y se escapaba. Yo, en cambio, sentí fascinación por aquel lugar y me quedé con tan solo 4 años. Las cosas no estaban regladas como ahora y la maestra me dejó.

Escuelas unitarias. Todo parece de la Prehistoria.

Sí, así es, pero de ello no hace tanto tiempo. Y, además, aquel mismo año, empezaron a ser mixtas.

¿Habla usted euskera?

No. Ni siquiera recuerdo que mis dos bisabuelas lo hablaran. Alava, al estar más al sur, es la provincia con mayor influencia castellana. Empecé a estudiarlo, pero lo deje, aunque algún día lo retomaré. Sin embargo, mis hijos sí lo hablan porque lo han estudiado de forma reglada.

Siempre me ha llamado mucho la atención su apellido, tan rimbombante. Parece un apellido aristocrático.

Nada más lejos de ello. No puedo explicarle exactamente por qué es así, pero en Álava los apellidos compuestos son una gran mayoría y se corresponden, primero con un apellido castellano y, generalmente, después como un patronímico o toponímico. Supongo que tiene que ver con la historia de frontera y de reconquista castellana. Mis hijos, por ejemplo, son Sáenz de Cámara López de Apellániz.

Les faltará espacio cuando rellenen alguna documentación oficial

Je, je…

¿Tuvo claro lo que quería estudiar?

Sí. Me gustaba el campo, pero vi lo duro que era. Todos los niños queríamos ser como aquellos señores bien vestidos que venían a vendernos las semillas de patata. Y decidí estudiar Ingeniera Técnica Agrónoma. Aunque si fuera hoy, hubiera estudiado lo mismo que mi hijo mayor, LEINN (Liderazgo Emprendedor e Innovación), una carrera basada en el modelo finlandés de emprendimiento, con muchas prácticas, sin notas y vivencias en el extranjero.

¿Cuáles son sus otras aficiones, además de la naturaleza?

Me gusta mucho leer, pero por falta de tiempo, el día a día, solo me da para estar al corriente de la prensa y los correos. Eso sí, en época de vacaciones aprovecho y devoro todo lo que puedo. Tengo una pequeña pasión oculta a la que tampoco dedico mucho tiempo: guardo en el garaje de casa un Seat 131 de 1977, que cuido y al que le paso regularmente la ITV. Cuando me jubile lo sacaré de ronda con mis amigos. Y siempre me queda nuestro huerto, que ahora cuida más mi mujer que yo.

No imaginé que le gustarán los coches, pero me he dado cuenta de que ha machacado el acelerador en el puerto de Azáceta y ha hecho algunos adelantamientos de Fittipaldi.

Siempre me han gustado los volantes. He llegado a hacer unos 70.000 kilómetros anuales en el coche, y he de confesar que me gusta ir rápido y al mismo tiempo me relaja. Es cierto que en el puerto de Azáceta, a los aldeanos de estos pueblos nos gusta darle…

¿Qué lee en este momento?

Leer es una de mis mayores aficiones. En estos días estoy finalizando un libro de la filósofa Adela Cortina, ‘Ética cosmopolita’.

¿Dónde ha pasado el último verano?

De forma muy tranquila, en Maestu y haciendo mi cuarta etapa del camino de Santiago. Es una aventura que iniciamos en 2017 y todavía no he dado por finalizada, porque mis vacaciones siempre son cortas. Voy con un buen amigo y me sirve para desconectar al cien por cien de mi trabajo. Es un desenganche de la realidad diaria muy fuerte.

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