Antonio Agudo: El trashumante del melón

A sus 60 años, ha pasado la mitad como trashumante del melón. Sus padres y 700 de las 1.000 familias que había en el pueblo emigraban durante medio año a otras tierras.
Antonio Agudo

Pocos conocen que hay un Madrid rural. Al sureste de la provincia, la localidad de Villaconejos podría ser su epicentro. Aquí, en verano la tierra se resquebraja por el sol y los inviernos los muerde el frío intenso. El melón es el rey de su economía y a él lleva dedicándose toda su vida, Antonio Agudo Contreras.

A sus 60 años, ha pasado la mitad como trashumante del melón. Sus padres y 700 de las 1.000 familias que había en el pueblo emigraban durante medio año a otras tierras donde sembraban y recogían melones.

Fue un niño que durmió siestas entre montañas de melones y un adolescente de moto Puig y cigarro en mano. Todavía hoy, y pese a los reproches de su hija, no ha dejado la cajetilla de rubio diaria.

Vistamos su pueblo, comimos en la famosa plaza de toros de Chinchón y fuimos al campo a ver reses bravas y montar a caballo, como manda la tradición en una comarca con una gran afición a la fiesta taurina.

Me resulta un tanto extraño estar tan cerca de Madrid y al mismo tiempo estar en medio del campo, en esta finca de novillos y caballos

Sí, tenemos Madrid a poco más de media hora en coche (si los atascos no traicionan) pero esto es el mundo rural. En Villaconejos no hay nada, a excepción de 10 empresas de melones.

En su foto de perfil está montado en un caballo

Sí pero no es éste. Era uno propio que ya no tengo. Ahora ya no monto como antes, pero si me entra el gusanillo, vengo a El Chaparral a disfrutar un rato.

¿Qué era esto de salir de Villaconejos durante seis meses?

Una costumbre arraigada en el pueblo, que ya hacían mis abuelos. Salíamos el 20 de marzo y volvíamos el 12 de octubre para sembrar y cosechar melones en las fincas arrendadas en cualquier parte de Castilla La Mancha, Extremadura e incluso Andalucía.

Me lo imagino como una caravana de familias hacia el oeste americano

El símil visual puede ser parecido ya que las familias enteras nos enfrascábamos por caminos de tierra o asfalto en camiones, repletos de enseres y muebles para pasar medio año fuera de casa. Había incluso quien se llevaba algún que otro animal.

¿Entonces Villaconejos se convertiría en un pueblo fantasma?

Sí, lo era durante esos meses. Las casas se cerraban a cal y canto hasta octubre. En Villaconejos, las familias tenían como dos mudas de muebles, los que conservábamos aquí y los que nos llevábamos en el camión cuando nos “íbamos a los melones”.

¿Dónde nació usted?

Las mujeres que daban a luz entre marzo y octubre tenían a sus hijos fuera del pueblo porque toda la familia había salido. Yo nací en Mocejón, (Toledo), pero podía haber nacido en Ciudad Real, Badajoz o Córdoba.

¿Qué recuerda de aquellas mudanzas?

Las jornadas de viaje podían ser largas, pero como éramos cuatro hermanos aquello de ir en la parte trasera de un camión era toda una aventura de juegos y alboroto para unos chiquillos adolescentes.

¿Y el colegio?

Tuvimos la suerte de que mi padre llevó durante muchos las tierras de un marqués de Toledo, y este señor se preocupaba por todos los niños que había en su hacienda. Por la mañana, nos recogía un taxi y nos llevaba a la escuela del pueblo. Allí comíamos y por la tarde regresábamos a la finca.

Años más tarde y en plena democracia, el Ministerio de Educación para resolver el problema estableció, como una excepción, `el curso melonero´, más comprimido y acelerado y que acababa en marzo.

¿Qué se hacía durante el invierno?

Básicamente nada. Si todo había ido bien, teníamos dinero y la única preocupación era buscar nuevas tierras para la próxima cosecha.

Los chicos veníamos a Chinchón para ver a las más de 300 mujeres que trabajaban en la fábrica textil. A la hora de la salida, aquí nos quedábamos esperando con las motos.

¿De esta manera conoció a su mujer?

Hice muchas jornadas a la salida de la fábrica, pero a mi mujer la conocí en una fiesta en mi pueblo, aunque ella es chinchoneta y nació en una de las casas con mejores vistas hacia la plaza.

¿Habrá visto muchas corridas en esta histórica plaza?

La fiesta y los encierros están muy arraigados en la comarca, pero si le soy sincero, yo no soy aficionado a los toros. Me gustan los caballos pero no me identifico con el toreo y eso que aquí no hay pueblo en los alrededores que no tenga su celebración, aunque la más espectacular es la de Chinchón. En Villaconejos prohibieron los encierros hace años, pero los han vuelto a recuperar.

Pero ¿tendrá un torero favorito?

Sí, José Tomás, pero no por el toreo, sino porque además es colchonero y en mi familia todos somos del Atlético. Mis hijos llevan abonados casi desde que nacieron y mis sobrinos, que se dedican profesionalmente al fútbol de Primera División, empezaron a jugar en este equipo.

¿Un buen reconocedor de melones nace o se hace?

Se hace cuando nace porque desde que éramos niños los melones han estado presentes en nuestras vidas. Todo giraba en torno a ellos.

¿Va a Madrid los fines de semana?

Antes mi mujer y yo íbamos más asiduamente, de compras, de paseo por la Gran Vía, pero ahora si puedo cada vez voy menos y sobre todo si tengo que ir a un centro comercial. No los soporto.

¿Entonces, qué hace?

Me voy al chalé a cuidar de mis agapornis Compré tres parejas y hoy tengo más de 60 pájaros. Allí también tengo dos perros, dos tortugas y peces. Me gusta invitar a los amigos y hacer un buen asado en la cocina de leña o un buen guiso al horno de barro.

TE PODRÍA INTERESAR
  • ANECOOP: ‘El agua es vida’

  • Últimas noticias

    Newsletter fruittoday

    Cada miércoles en tu email las noticias más destacadas de la semana hortofrutícola