Pedro Caparrós, la vida al milímetro

Pedro eligió un sábado como día de nuestra cita y el enclave fue el pueblecito costero de Agua Amarga, en el Parque Natural del Cabo de Gata (Almería).
Pedro Caparrós

Pedro eligió un sábado como día de nuestra cita y el enclave fue el pueblecito costero de Agua Amarga, en el Parque Natural del Cabo de Gata (Almería). Aquí nació nuestro entrevistado hace casi 60 años y aquí conserva una casa, que algún día rehabilitará.

El desorden o la improvisación no tienen cabida en su vida. Todo lo tiene milimetrado, incluido el tiempo de esta entrevista.

Se duerme viendo El Hormiguero y se levanta todos los días, incluidos domingos, a las 4 de la madrugada. Empezó a estudiar Empresariales pero el trabajo truncó sus ansias de saber. Volvió a matricularse en la universidad a los 37 años.

Mientras conduzco a este remoto lugar, pienso que, cuando Africa se desgajó de la península Ibérica se olvidó unos cuantos kilómetros cuadrados a este lado del Mediterráneo. El paisaje es idéntico en las dos riberas. El clima también lo es, pero el día elegido nos jugó una mala pasada. Llovía, había mar gruesa y el viento soplaba en ráfagas excitantes.

Dispuestos a salir en barca, fuimos prudentes y Pedro sólo pudo echar el anzuelo en un mar que embravecía por momentos.

No sé si es una sensación mía o lo veo especialmente feliz y relajado aquí, en sus orígenes.

Ja, ja. Es que usted me conoce en plan profesional y yo me tomo muy en serio mi trabajo. Este encuentro debía ser diferente, o al menos eso me dijo usted. En cualquier caso, estar aquí siempre me produce mucha calma y felicidad.

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Sí, sí, mi propósito era sacarlo de su entorno profesional. Por cierto, ¿cuáles son los recuerdos más intensos que tiene de Agua Amarga?

Le cuento dos, uno ligado a la tierra y el otro al mar. A la edad de 6 ó 7 años me fascinaba trillar con mi madre o con mi abuelo. Agua Amarga es un pueblo marinero pero cuando yo era pequeño, la economía de subsistencia era una realidad y, por tanto, también vivíamos de la tierra. Pasaba horas y horas en el trillo, dando vueltas a la era bajo el ojo avizor de algún mayor. Era una gran aventura que por la noche se convertía en un infierno debido a los picores que me producía la paja; aunque al día siguiente volvía a repetir.

El otro, era salir a pescar con mi padre. En Agua Amarga casi todo el mundo pescaba y nosotros éramos uno más. En casa siempre hubo barca; de las de entonces, de madera. Pescar, en un pueblo abocado al mar era para muchos un medio de vida, y para otros una costumbre o entretenimiento que pasaba de padres a hijos.

¿Usted me parece un hombre paciente, por lo que lo de pescar se le debía de dar bien? ¿Qué tipo de pesca se practicaba?

Sí, soy un hombre paciente. Practicaba tres tipos de pesca: el volantín, que es el método más antiguo y consiste en un sedal a mano con anzuelo y cebos calado verticalmente desde el barco. El curri, con la embarcación en movimiento y con un anzuelo que lleva pescaditos para engañar a los peces de la superficie. Y, finalmente, la potera, para coger calamares.

Le quiero contar otro recuerdo.

Sí, ¿cuál?

Debía tener 10 u 11 años y ya vivíamos en Almería. Mi padre tenía un puesto en el mercado mayorista y salía de casa a las cuatro o cinco de la mañana. Yo anhelaba irme con él, pero no me dejaba. Siempre estaba despierto cuando él se iba y me quedaba llorando cuando cerraba la puerta porque no accedía a llevarme con él.

O sea, que ya apuntaba maneras para el negocio desde crío

Sí, me atraía mucho el poder irme con él y ver el negocio.

Me han dicho que hace 2 años, al fallecer su madre, cerró la empresa.

Sí, mi madre ha sido el referente de mi vida y cerré como homenaje a ella. La muerte de una madre no pierde importancia porque uno sea mayor. Siempre es dolorosa. Yo tuve una relación muy especial con ella y aún hoy la echo de menos.

¿Se arrepiente de no haber acabado la carrera?

Fue una decisión dolorosa porque siempre he tenido la necesidad de aprender. No puedo hablar de arrepentimiento porque las circunstancias, el desarrollo económico que empezó a tener la provincia en aquel entonces, se impusieron sobre mi elección de estudiar.

¿Por eso volvió a la Universidad a los 37 años?

Sí, me volví a matricular en la Facultad, pero me sentí fuera de juego con chavales de 18 ó 20 años. Así que lo dejé e inicié una etapa autodidacta. Lo que hacía era leer los libros de la ESO de mi mujer que es profesora de instituto. También recopilaba  semanalmente revistas de economía y me sentía impaciente por salir de viaje.

¿Qué quiere decirme?

Yo nunca duermo en los aviones y en aquella época viajaba bastante; así que reunía las revistas para el próximo viaje. Era una forma de aprovechar el tiempo.

¡Qué obsesión tiene con el tiempo y qué cronometrado lo tiene todo! Apuesto a que es una persona puntual como un reloj suizo.

Por supuesto. No me gusta esperar ni que me esperen. La vida hay que organizarla y tenemos las horas que tenemos. Cuando tienes una empresa de cierta dimensión el tiempo es oro.

Usted es tan metódico, que sabe cuántas horas ha trabajado en su vida. Sé que uno de los ‘piropos’ que le han llenado más estos días, por el 35 aniversario, ha sido el de ‘Empresario de Autor’.

A día de hoy, con una jornada de 8 horas, he trabajado como si ya hubiera cumplido 93 años. Lo estuve calculando la otra mañana. Una de las cosas que más me han gustado, de todo lo que se ha dicho de mí ha sido la expresión de Juan Colomina llamándome “Empresario de Autor”.

Me han dicho sus colaboradores que tiene una memoria prodigiosa y que no necesita agenda

Bueno, más que prodigiosa diría selectiva. Me acuerdo de todo: los precios de ayer, los de hoy, las reuniones, etc. No necesito agenda, sólo necesito papel para apuntar las nuevas ideas que me surgen.

Acaba nuestra entrevista y tengo la sensación de que he compartido unas horas con un hombre prudente y discreto, una persona tan impecable en las formas como impenetrable en el fondo, porque sé qué hace el bien y no habla de ello. Un hombre en el que la bondad es un atributo más de su inteligencia.  

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